
Ella entró en la habitación con la misma sensación de excitación y nerviosismo que tenia siempre ante un encuentro de este tipo. Aunque esta vez sabia que era distinto, que su atrevimiento y audacia era mayor. Recorrió la habitación observando casi sin ver. Se desnudó y preparó la ropa que tendría que vestir. Sacó los zapatos de tacón de cristal, transparentes. Dispuso sobre la cama el vestido negro de látex. Sin mangas y con una cremallera que permitía abrirlo totalmente de arriba a bajo. Las medias, el liguero. Se preguntó de nuevo si ese vestido no le quedaría demasiado ajustado. Y finalmente una corbata negra que le serviría de venda para los ojos. No quedaba mucho tiempo así que se duchó de nuevo, solo para despejar su nerviosismo, y se vistió. Cinco minutos antes de la hora pactada se colocó la corbata a modo de venda, comprobando que no era capaz de ver nada, y se colocó de pié en el centro de la habitación, tal y como estaba planeado.
Los cinco minutos pasaron despacio, y ella fue capaz de fantasear acerca de lo inminente. Como serian, como la tocarían, como serian sus sexos, que cosas le dirían. No pudo evitar sentirse mojada casi inmediatamente. Sus pechos apretados en el ajustadísimo vestido de látex latiendo de emoción y ansiedad.
La puerta sonó al abrirse y, en silencio, cinco hombres entraron situándose cerca alrededor suyo. No dijeron nada. Solo empezaron a tocarla. Despacio, suavemente. Por encima del látex y las medias. Dos de ellos tocaban sus piernas, otro el culo y los otros dos los pechos. Fueron alternando la posición mientras cada uno, al pasar frente a ella, la besaba y le susurraba al oído su nombre a modo de presentación. Estuvieron unos minutos así tocándola. Ella debía contenerse para no lanzar sus manos hacia ellos. Las mantenía pegadas a su cuerpo con dificultad. Uno de los chicos deslizó lentamente la cremallera del vestido hacia abajo, hasta llegar por debajo de sus preciosos pechos. Dos manos se deslizaron hasta donde pudieron para abarcarlos. De repente ella sintió que todas las manos se retiraban y solo dos de ellas tomaban las suyas para conducirla hasta la cama. Con delicadeza le mostraron la forma de tumbarse boca arriba en la cama. La cremallera bajó mas, descubriendo el inicio de su sexo. En ese instante sintió un líquido frío goteando sobre su cuerpo y, casi inmediatamente, manos repartiéndolo por su piel. La cremallera terminó abriéndose del todo y el mínimo vestido cayó hacia los lados dejándola prácticamente desnuda, aunque aún con las medias y el liguero puestos. Más manos frotaron su cuerpo con más aceite. Pronto empezó a sentir mucho más calor. Diez manos recorrían con delicadeza pero firmemente cada milímetro. Dedos se introducían fugazmente en su coño, ya tan mojado como el resto de su cuerpo. Sus tetas eran estrujadas, sus pezones pellizcados. En algunos momentos hubiera dicho que no dejaban de entrar hombres en la habitación y que eran cientos de manos las que masajeaban su anatomía. Casi no se dio cuenta de que le quitaban los zapatos y las medias, para también tocar sus piernas, sus muslos. Ella ya no evitaba tocar a sus acompañantes. Aunque estaban aún completamente vestidos pudo recorrer sus cuerpos con manos ávidas. Le pidieron que se diera la vuelta, y el masaje continuó, ahora por su espalda, cintura, culo. Varios dedos entraban y salían de cualquiera de sus orificios. En esa posición le era más difícil mover sus manos así que se abandonó y concentró en sus propias sensaciones.
La bajaron por fin de la cama, se arrodilló en el suelo mientras notaba que, frente a ella, todos se quitaban la ropa. Deseosa de ser ella quien tocara por fin, esperó a tientas, a que se fueran acercando de nuevo. De la oscuridad empezaron a surgir pollas que ella aferraba con ambas manos y se llevaba a la boca. Mientras lo hacia notaba como miembros erectos iban tocando sus mejillas, para que ella, girando la cabeza levemente pudiera también engullirlas. Las manos no dejaban de tocar su cuerpo por cada rincón. La pusieron de pié y se sorprendió de tener aun así dos pollas que seguir chupando sin tener casi agacharse. Evidentemente dos de ellos se habían subido a un par de sillas. Mientras sus piernas eran obligadas a abrirse y alguien empezaba a lamer su coño desde abajo. Al mismo tiempo otras dos bocas comían de sus pechos y mordisqueaban sus pezones haciendo que se endurecieran. Todo esto duró un buen rato, en el que ellos alternaban posiciones mientras ella, siempre vendada, se dejaba hacer. A estas alturas no hace falta decir que sus orgasmos ya habían hecho acto de presencia.
De pié y abierta de piernas, notó como alguien se abría paso por detrás para penetrarla. Se inclinó un poco más para facilitarlo y entonces la sintió totalmente dentro. Probablemente quien la follaba era el más grande de ellos, pensó. Embestidas fuertes y rápidas durante unos pocos minutos bastaban para que cada polla se retirara y dejara paso a la siguiente. Ella imaginó la escena desde fuera y pudo ver como, mientras alguien la follaba por detrás y otro la metía en su boca, el resto esperaba su turno con las pollas en la mano. Oleadas de lujuria seguían fluyendo por todo su cuerpo sin contención posible. El de atrás, tras explorar con dedos hábiles su orificio trasero, enfilo ese camino con su sexo, empujando lentamente hasta meterla por completo. También varias veces cambiaron de protagonista, hasta que uno de ellos la atrajo, aun dentro de ella, hasta la cama, sentándose los dos. Otras manos levantaron sus piernas, mientras una voz le susurraba que ahora tendría dos pollas dentro al mismo tiempo. De esa forma, sentada sobre el desconocido que la penetraba por su culo, recibió a otro de ellos en su coño. Siguieron así durante un rato, alternándose de nuevo, en un frenesí de penetraciones y mamadas que la hicieron explotar de nuevo entre convulsiones.
Cuando el primero de ellos anunció que no podía mas ella se dispuso, como habían acordado, a tumbarse en la cama de nuevo. Retiró su venda y los vio por primera vez esa tarde. Los cinco de rodillas en la cama, rodeándola, con sus pollas en la mano y pajeandose hasta que uno tras otro fueron derramándose sobre su cuerpo. Ella los recompensaba cada vez con caricias y tocaba, satisfecha, su cuerpo rociado del más preciado de los elixires, del que está, sin duda, hecho el deseo masculino.

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